Track 1
01—Anywhere in the Galaxy—Gamma Ray
No sería capaz de enumerar todos los sistemas de seguridad que he violado en los últimos veinte años. Las zanjas, las alarmas, los perros, los centinelas, los detectores infrarrojos...me conocía al dedillo todos los métodos clásicos, los novedosos, y los de propia factura para entrar a donde me propusiera. Bueno, donde me propusiera la CIA.
Irak, Israel, Corea (las dos, la CIA en esto es bastante imparcial), China, Rusia, Francia, Líbano, Cuba...Me había recorrido el mundo en este tiempo haciendo de secretaria. Secretaria es el apodo que tenemos los agentes especiales de infiltración en la CIA, pues nuestras misiones son, al fin y al cabo, las de una secretaria; fotocópiame tal documento, revisa la agenda de tal ministro, fóllate a tal ejecutivo... Naturalmente exagero, nunca he revisado la agenda de un ministro. El caso es que, con cuarenta y tres años y veinte de servicio como secretaria, al fin han decidido jubilarme de la esquiva de balas de Kalashnikov y la negociación con caudillos africanos genocidas. Ahora trabajaba para la Secretaría Federal de Obras Públicas y Desarrollo Civil (SFOPDC, o SODC para acortar aun más), y mis misiones eran más diplomáticas. La SODC se dedicaba a la compra y adquisición de bienes, licencias, patentes o terrenos que favorecieran a nuestras obras públicas.
El principio tenía bastante de ciencia ficción inversa. Yo venía de engañar a visires que apadrinaban a terroristas, a políticos que traficaban con influencias peligrosas, a capos de la droga...Y ahora me tenía que enfrentar a pequeños propietarios o a estudiantes con un jugoso proyecto de final de carrera.
Por ejemplo, la señora Winslow. Ella es el objetivo de hoy. Vive en Groom Lake, Nevada. Vive en un pequeño rancho desde hace más de setenta años, y el apellidoWinslow aparece en el buzón desde 1907. Desde luego que ella estaba antes que la Interestatal 242, pero su vida no valía la billonada que sí lo hacía la autopista. Al bajar de mi Ford Maverick y ver la pequeña casita blanca, y los tablones de madera que aleteaban por falta de clavos, me di cuenta de la injusticia. Mientras conducía escuchando el Coda de Led Zeppelin, y dándome cuenta de que no me gustaba nada, no me fijé en el paisaje. O sí, supongo que cuando se circula por una carretera de polvo por el centro de Nevada uno ya sabe qué va a ver: desierto. Ni una maleza, ni un charco, ni un triste chacal. Nada. El caso es que ahora me daba cuenta de lo inmenso que era el horizonte aquí. Salvo un abombamiento del suelo hacia el sur, la línea acre de la arena lejana contra el cielo azul pastel era totalmente recta, y debía mostrar kilómetros y kilómetros de erial hasta llegar al límite de la curvatura terrestre. Giré sobre mi eje mirando el paisaje, y me detuve al tener enfrente la casa de Mary Anne Winslow.
Ni me di cuenta de que las perlas de sudor caían por mis mejillas, tropezando en el mentón con mi barba de tres días. La mueca de mi boca y el brillo del sol de mayo en mis gafas Calvin Kline harían de mí todo un cowboy, si no fuera por mi traje negro y mi maletín de cuero. Ahora entendía el aviso que me dieron sobre la anciana. No vendería de ninguna de las maneras porque lo consideraba injusto. ¡Y qué razón tenía! Me enseñaron el informe geológico y topográfico de la zona, y el lugar óptimo para el pavimento de los ocho carriles de la I-242 era justo encima de esa casita medio rota. Iba a ser una tarea difícil, por más dólares que llevara en el maletín y por más experiencia negociando que yo tuviera. Una cosa es un dictador, que enseguida que ve dinero se ciega y dice que sí a todo, y otra muy distinta es una persona de clase media y anciana. Si fuera más joven aceptaría el dinero y se marcharía a Las Vegas, compraría una casita, y viviría de algún negocio que podría montarse con el sobrante. Pero una señora viuda sin hijos de setenta y cuatro años no abandonaría un rancho que le proporciona tranquilidad y el poco alimento que necesita.
Miré hacia el huertecito que se extendía, como alas de la vivienda, a ambos lados de la misma. Una cerca de madera sin pintar y alambre de espino lo delimitaba. Caminé paralelo a esa cerca, y las pocas verduras y frutas que ahí se plantaban me iban confirmando la economía de subsistencia de Mary Anne, cuando de repente vi el Hammer. Miré de nuevo al huerto, por si habían plantas de maría o de coca (no sería la primera vez, la necesidad es la necesidad), pero nada. Además, por la descripción, la señora Winslow tardaría tres meses en subir a ese mastodonte de 500 caballos de potencia y tres mil kilos de peso. Quise acercarme al coche, pero me di cuenta de que si entraba al huerto, pasaría justo enfrente de la ventana del comedor, que estaba abierta.
Me fijé mejor. Estaba abierta y humeante. Olía a café, y ese aroma amargo se mezclaba con el seco olor del tabaco. De repente se escuchó el estrépito de una carcajada, de voz aguda, seguida de una tos y más risas, esta vez de hombres. No comprendía nada, pues la señora Winslow no tenía familia y por esta zona tampoco debía tener muchos amigos. Salí del huerto, avancé por el porche de la casa y llamé al timbre. Escuché pasos, un carraspeo, y la puerta se abrió.
-Hola. ¿Usted es Ron Jackson?
Era un tipo joven, rubio y con camisa hawaiana amarilla con palmeras y loros. Sus pantalones cortos mostraban dos piernecitas rematadas en sandalias. Me atreví a mirar a la cara a ese anuncio de MTv con patas, y así permitir que ese crío mirara como mis ojos asomaban por detrás de las Kline de sol.
-¿Y tú eres?
El joven me sonrió, exagerando la manera de mascar chicle como hacen los tipos duros en las pelis de moteros. Sonreía como si pensara que él había ganado algo. Entonces miró a mi maletín.
-¿Cuánto llevas?
-¿Qué?
-Que cuanto llevas ahí. La señora Winslow nos avisó de tu visita.
-¿Vais a atracarme?
Los ojos de este surfero hijo de puta se abrieron de par en par. Me miró con sorpresa y luego giró la cabeza hacia dentro, preguntándole a alguien si me había oído. Él y otra voz estallaron en carcajadas.
-No, no amigo...solo quería saber cuanta pasta nos hubiéramos ahorrado mi colega y yo.
Se secó las lágrimas de la risa, mientras se apoyaba con desdén en el quicio de la puerta. Me miró amenazante, abriendo la boca para que yo viera esa goma rosa entre sus dientes. Entonces algo salvó su cara de mi puñetazo, la señora Winslow.
-Señor Jackson...he decidido vender mis terrenos. Pero no al gobierno, sino a estos dos jóvenes.
El otro joven era una rolliza masa de caramelo, bollo y Coca Cola que ayudaba a andar a la anciana dándole su brazo. Al contrario que el de la puerta, éste parecía más calmado. Al ser negro como la señora Winslow, parecían nieto y abuela. La estampa era preciosa, pero lo único que se me ablandó fue el ojete al soltarme un cuesco.
-Señora Winslow...llegamos a un trato la semana pasada. Le traigo sus...
-Señor Jackson, sus miles de dólares estarán mejor invertidos en algún hospital o colegio, no en una estúpida autopista que cruza la nada.
-¿Y en qué lo están invirtiendo estos dos jóvenes?
-En salvar al mundo. Y no hay más que hablar.
Y no hubo nada más que hablar. La vieja me invitó a marcharme, y el surfero cerró la puerta en mi cara. Desde dentro podía escuchar la risita nerviosa de ese tipo. ¿Salvar el mundo? ¿Salvarlo de qué? A mí sí me deberían salvar de la senilidad de este tipo de personas. Agarré el móvil con fuerza, echando de menos mi revólver. Abrí la tapa y llamé a Washington.
-Soy Jackson, te llamo desde...Ron, Ron Jackson. Exacto, desde...por supuesto que solo lleva una ese, no soy holandés. Te llamo desde Groom Lake, Nevada. Pásame a esa zorra de Stockton. ¿Que no está? Genial, dile que la señora Winslow ha vendido sus terrenos a dos chavales a cambio de no sé cuanto dinero. No sé, supongo que habrán visto el pelotazo y han engañado a la vieja, o le habrán prometido tajada... Ni idea, solo sé que planean salvar al mundo. Sí, díselo, a mí ya me da igual.
Colgué, lo guardé, escupí, y marché dirección Las Vegas a emborracharme hasta la mañana siguiente. Esa es la mejor manera de ir en avión, borracho.

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